Una perspectiva interseccional

En Las dos Fridas, Frida Kahlo se pinta doble sin dejar de ser una. Dos versiones de sí misma conectadas por un mismo corazón, por una historia compartida que respira a través de ambas. Cada figura sostiene sus propias vivencias, sus heridas y sus fortalezas, y aun así permanecen unidas, transmitiendo con su mirada vulnerabilidad y determinación. Esta obra me recuerda que ninguna persona llega a terapia con una sola identidad: somos cruces de género, cultura, cuerpo, historia y contexto; piezas distintas que dialogan entre sí y moldean cómo sentimos y cómo vivimos.

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Las dos Fridas, Frida Kahlo (1939)

Entender la interseccionalidad es comprender que nadie llega a consulta con una sola historia. Todas las personas estamos atravesadas por múltiples aspectos de nuestra identidad —el género, la edad, el origen, la orientación sexual, la situación migratoria, entre otros— y cada uno de ellos influye en cómo vivimos, cómo nos sentimos y cómo nos relacionamos con el mundo.

Una mirada interseccional reconoce que estas piezas no actúan por separado: se entrelazan y configuran experiencias de vida únicas, con fortalezas y también con desafíos específicos. Por eso, cuando hablamos de salud emocional, no basta con observar un síntoma o un problema aislado: es necesario tener en cuenta el contexto, las oportunidades, las cargas, las expectativas sociales y cómo todo ello afecta a cada persona de manera diferente. Integrar la perspectiva de género significa también cuestionar cómo las normas y roles de género influyen en nuestro bienestar: en la forma en que pedimos ayuda, en lo que sentimos que “debemos” ser, en cómo interpretamos el dolor o la culpa, o en lo que esperamos de nosotras mismas. Y, a la vez, implica reconocer cómo los sistemas —las instituciones, las políticas, el acceso a recursos— pueden generar desigualdades que impactan directamente en la salud.

Mirar desde la interseccionalidad no solo ayuda a comprender mejor el sufrimiento; abre la puerta al empoderamiento. Permite que cada persona sea escuchada en toda su complejidad, sin reducirla a un diagnóstico, un rol o una etiqueta. Y garantiza que el proceso terapéutico sea un lugar seguro, respetuoso y adaptado a su realidad, donde su historia tenga espacio y su voz tenga valor.

Elijo una perspectiva de género interseccional porque me permite acompañar a cada persona tal y como es, con todas sus capas, matices e historias, viendo a la persona completa, no solo su malestar. No creo en miradas únicas ni en explicaciones simples para experiencias complejas. Como en el cuadro de Frida, el proceso terapéutico busca que esas versiones internas puedan reconocerse, sostenerse y transformarse juntas, sin miedo a mostrarse completas.

1 comentario en “Una perspectiva interseccional”

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