La construcción de la feminidad

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Hablar del “Eterno Femenino” es hablar de una idea profundamente arraigada en nuestra cultura: la creencia de que existe una esencia femenina fija, natural e incuestionable. Durante siglos, se nos ha transmitido que “ser mujer” viene dado por atributos innatos, ligados al cuerpo y al sexo biológico, cuando en realidad la identidad femenina es histórica y biográfica. Se construye a través de las experiencias, los aprendizajes y los mandatos sociales que recibimos desde muy pequeñas.

Uno de los ejes centrales de esta construcción es el cuerpo. Desde edades tempranas, muchas niñas aprenden que su valía depende más de cómo se ven que de lo que hacen. La autoestima se moldea a través de la aprobación externa: ser bonitas, ser adecuadas, ser aceptadas. Ese foco constante en la apariencia deja huellas profundas, porque desplaza el valor personal hacia miradas ajenas y no hacia capacidades internas.

El segundo eje es la sexualidad, moldeada por mandatos que han limitado durante generaciones el deseo y la autonomía de las mujeres. Por un lado, se transmite la idea de que la maternidad es un destino natural, casi inevitable, y que solo a través de ella una mujer puede sentirse “completa”. Por otro, la sexualidad femenina se ha construido alrededor de la disponibilidad hacia el deseo masculino, dejando poco espacio para el propio placer, el autoconocimiento o la vivencia libre del cuerpo. No es casual que muchas mujeres lleguen a la edad adulta sin haber conocido plenamente sus derechos sexuales y reproductivos, o sin haber tenido permiso interno para explorar su propio deseo.

El tercer eje, igualmente profundo, es el de los cuidados y la emocionalidad. Se espera que las mujeres sepan cuidar, sostener, comprender, acompañar… como si fuera algo natural. Esto lleva a que muchas asuman una carga invisible y no remunerada que se acumula en forma de cansancio, estrés, dolor corporal y una sensación de agotamiento permanente. Cuando el cuidado de los demás se convierte en prioridad absoluta, el autocuidado se posterga. Muchas mujeres retrasan incluso consultas médicas importantes porque han aprendido que sus necesidades deben ir después. Y las cifras lo confirman: la sobrecarga de cuidados, la desigualdad en la salud mental, el estrés crónico y los malestares emocionales afectan de forma desproporcionada a mujeres y niñas en todo el mundo. No porque “sean más sensibles”, sino porque viven en un sistema que las ha educado para poner el cuerpo, la disponibilidad y el cuidado por delante de sí mismas.

El «Eterno Femenino» es la arquitectura de la violencia estructural contra la mujer. Hablar del “Eterno Femenino” desde esta perspectiva no es un ataque a la feminidad, sino una invitación a revisarla, a reconstruirla desde la libertad y no desde la obligación. A reconocer que lo que somos no está escrito de antemano, y que cada mujer tiene derecho a redefinir su historia, su cuerpo, su deseo y su forma de cuidar —incluyéndose a sí misma— sin culpa y sin miedo.

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